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Cuando la discriminación se instala en la infancia

Por Lic. Liliana Gonzalez

Feos, obesos, morochos, albinos, chuecos, miopes… Ser muy alto, bajo o torpe para los deportes… No hace falta mucho para sentirse “el patito feo” y vivenciar el peor de los sentimientos: la discriminación.

Niños excluidos de los juegos en el recreo, no invitados a los cumpleaños o no convocados a la hora de armar grupos de trabajo en el aula. En estos casos, ir al colegio se transforma en un sufrimiento y esto puede generar un problema de aprendizaje. La escuela es un lugar donde se va a buscar conocimiento y reconocimiento. Después de la familia, es la escena más importante donde el pequeño intenta encontrar su lugar en el mundo.

Si se siente discriminado podrá o no batallar y lo hará desde una gama de conductas que pueden ir desde la renuncia hasta la violencia.

La discriminación presupone un juicio de valor: “ese ser vale menos y no merece pertenecer al grupo”. Pero ¿Distinto a quién? ¿En relación a qué parámetros? ¿Vale menos que quién?

Cómo trabajar la discriminación

Debemos señalar que los niños no nacen discriminadores, como no nacen responsables o vagos. Se hacen y por eso es un tema que nos compete a padres y a docentes.
Que la sociedad discrimina… es cierto. Que las exigencias son cada vez mayores, también.
Las células primarias de lo social son la familia y la escuela. Por eso es importante trabajar este tema desde allí:

Familia:
Es la primera sociedad donde los hermanos rivalizan por el amor paternal. Los padres a veces sin darse cuenta hacen comparaciones, marcan diferencias, quizás con las mejores intenciones y el niño las puede vivir como discriminatorias.
Familias donde se esperan con más felicidad los varones, o los inteligentes, o los lindos, y podríamos enumerar más condiciones que hacen que el niño no se acomode al ideal y se sienta distinto y apartado.

Escuela:
Allí se produce el encuentro con los pares, algunos de los cuales serán sus amigos en un aprendizaje invalorable. Como es la etapa de la construcción de la identidad, empiezan a idealizar a los amigos capaces de mayores proezas, o más inteligentes, o más graciosos y a separar al que por tener dificultades o ser muy distinto lo enfrenta a él mismo a sus propios déficits y carencias.
Pero que esto sea así no significa que obviemos enseñarles a no discriminar. Ya que una cosa es reconocer lo diferencia (¿quién no lo es?) y otra cosa es discriminar (o sea no aceptar las diferencias) desde un lugar de poder o de poseedor de la verdad.

Por eso creo que el trabajo a realizar en la casa y la escuela es:
  • Sobre sí mismo: enseñarles que a todos nos falta algo, alguna limitación tenemos…
  • Sobre el otro: enseñarles las virtudes o aspectos positivos que el otro seguramente tiene y que están escondidos tras su diferencia.

Y cada tanto recordar el final del cuento del patito feo: se hizo cisne. O recordar al Principito que enseñaba que “lo esencial es invisible a los ojos”.

Para todo esto hace falta la mirada de un adulto sensato que lo ayude a mirar más allá.
Si los chicos discriminan, no hay otra: lo aprendieron de los adultos.
Si les enseñamos que hay otros que son menos, es para sostenerlos en la ilusión de querer ser más o mejores.
Pensemos cuántas calamidades en la historia de la humanidad empezaron así… Vale la pena el cambio.


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