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El robo del siglo

Un adelanto del nuevo libro de Liliana González y Enrique Orschanski: Estación Infancias

A pocas semanas de finalizar el año escolar los padres (y en consecuencia los pediatras) asistimos a un sinnúmeros de dolencias de los chicos, directamente asociadas al cansancio y al sentimiento generalizado de presión porque hay que cerrar exitosamente todas las actividades. Los días calurosos agregan un condimento muy potente a la percepción de que ya no hay fuerzas para más.

Los estudiantes de nivel secundario terminarán antes y los más chicos (los de primaria) a mediados de diciembre. Si recordamos que iniciaron el año el 27 de febrero completarán diez meses y medio de obligación escolar, lo que en la mayoría de los casos s e parece más a una exigencia laboral que rutina áulica.

Los consultorios infantiles muestran un desfile interminable de cefaleas, dolores musculares, trastornos digestivos, golpes de calor, cansancio permanente, desinterés general y, cada vez más frecuentes, severos trastornos del sueño.

Es complejo abordar estos síntomas sin poder apelar al descanso, ya que en el final del ciclo se acumulan evaluaciones que condicionan la continuidad. Los chicos agotados no pueden faltar a clases; ni a todas las otras actividades que los padres agregan en la apretada agenda infantil actual. En tal caso, los pediatras apelamos a moderar las molestias o calmar dolores, pero no accedemos al fondo de la solución. Y es que, claramente, el fin de año ya llegó. Los estudiantes lo anuncian con todo el cuerpo y no pueden parar.

El mensaje no puede ser escuchado por quienes podrían modificar esta realidad, quienes son los actores principales en la vida de un niño: padres, docentes, administradores. Tampoco por el Ministerio de Educación, institución destinada a hacer cumplir los plazos (con sus respectivos contenidos) con una lógica pétrea. Especial en esta época, en la que se pretende relacionar mejor aprendizaje con mas días bajo techo escolar.

Es fácil comprender que la extensión del ciclo escolar tiene más que ver con una necesidad social que con un objetivo pedagógico. Es imperioso contener a los chicos en la escuela porque, de otra manera, estarían expuestos al “síndrome de las casas vacías”, situación multicausal que ya hemos analizado.

Es posible comprender el fenómeno, pero no necesariamente compartirlo. Las consecuencias está a la vista: chicos con escolaridad extendida, desconcentrados y cansados que deben redoblar el esfuerzo en estas semanas para mostrar al sistema lo que aprendieron.

Finalizar a mediados de diciembre, pasar las fiestas, disfrutar enero e inmediatamente volver a pensar en el comienzo de clases. Sólo el enunciado frenético ya resulta agotador. Los chicos, aún los más pequeños, denuncian que el tiempo se ha acelerado, que todo pasa rápido. La percepción de fugacidad es un signo social negativo en cualquier comunidad en la que se pretenden procesos de enseñanza y aprendizajes progresivos y que respetan las etapas madurativas de sus integrantes.

Con intensión pedagógica hemos dado un nuevo paso para la desaparición de la infancia. Porque el robo de los criterios infantiles se trata este comentario. La niñez como territorio independiente de la edad; mejor definido por la capacidad de sorpresa y los descubrimientos. Y el jugar y aprender. Todo parece en vías de extinción. Se ha hecho lo necesario para que los chicos hayan perdido esas virtudes; que se hayan olvidado de sólo juagar y aprender. Le hemos robado lo más importante. Les quitamos el descanso, los privamos del aburrimiento creativo, los alimentamos mal y rápido, los dormimos frente a pantallas y finalmente, les acortamos las vacaciones. Vacaciones: ese extenso periodo de crecimiento espontaneo, sano y salvaje (entendido como a salvo de las normas y obligaciones) que se ha perdido irremediablemente en la urgencia institucional de sumar días de clase.

Es un robo escandaloso. No denunciarlo representaría ser cómplice del delito.

¿Cómo desarrollar un ciclo lectivo creativo que no agote? ¿Cómo vacacionar la semana para recuperar espacios de descanso?
¿Cuántos chicos bajo presión hacen falta para reaccionar? Las respuestas están en nosotros, los mismos actores de siempre: padres, docentes y administradores.
Mirando, más allá de la inercia cotidiana, lo que les ocurre a nuestros hijos.


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